G-005LNP3Y3B La escuela después del temblor: una pedagogía del cuidado y la esperanza

La escuela después del temblor: una pedagogía del cuidado y la esperanza

 

Una pedagogía del cuidado y la esperanza

Autor: Prof. Dr. Iván Enrique Lezama Cova 

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Hay acontecimientos que parten la vida en dos. Un día la rutina parece seguir su curso: las clases, los cuadernos, las voces de las niñas y los niños, las preguntas de siempre, los saludos en los pasillos, la planificación pendiente, la esperanza sencilla de cada mañana. Y de pronto, la tierra se mueve. Lo que parecía firme deja de serlo. Lo cotidiano se llena de miedo. La escuela, como la casa, como la calle, como la comunidad, también tiembla.

A diecinueve días de los terremotos ocurridos en Venezuela el 24 de junio de 2026, todavía hay heridas abiertas. Hay familias que lloran, comunidades que intentan reorganizarse, docentes que también sienten miedo, estudiantes que no saben cómo nombrar lo vivido y escuelas que enfrentan condiciones no previstas para continuar acompañando la vida.

En algunos lugares se intenta retomar poco a poco la dinámica escolar; en otros, todavía no ha sido posible regresar plenamente a las aulas por las condiciones de las edificaciones, por las afectaciones comunitarias o por el estado emocional de niñas, niños, jóvenes, docentes y familias. Por eso, hablar de educación en este momento no puede hacerse desde la idea de normalidad, sino desde la responsabilidad del cuidado.

En medio de una tragedia, hablar de educación puede parecer secundario. Pero no lo es. La educación no desaparece en la emergencia. Cambia de forma. Se vuelve refugio, palabra de calma, abrazo colectivo, orientación, escucha, memoria y esperanza.

La escuela cuando la normalidad se rompe

Los procesos educativos suelen planificarse bajo la idea de cierta estabilidad: un calendario, un aula, una matrícula, unos contenidos, una evaluación, una jornada escolar. Pero las emergencias nos recuerdan que la educación ocurre en la vida real, no en condiciones perfectas.

Después de un terremoto, la escuela ya no puede pensarse únicamente como un lugar donde se imparten contenidos. Se convierte también en un espacio de contención emocional, reorganización comunitaria y reconstrucción del sentido.

En estas circunstancias, la pregunta pedagógica cambia. Ya no se trata solo de preguntar: ¿qué contenido corresponde desarrollar esta semana? También debemos preguntarnos:

  • ¿Qué necesitan sentir hoy nuestras y nuestros estudiantes para poder aprender?

  • ¿Qué palabras pueden ayudar a calmar el miedo?

  • ¿Qué silencios debemos respetar?

  • ¿Qué experiencias necesitan ser escuchadas?

  • ¿Qué aprendizajes pueden nacer del cuidado, la solidaridad y la reconstrucción?

Educar después del temblor exige comprender que el aprendizaje no ocurre separado del dolor. La niña, el niño, la o el adolescente que llega al aula después de una emergencia no trae únicamente útiles escolares. Trae preguntas, recuerdos, pérdidas, angustias, incertidumbre y necesidad de sentirse nuevamente en un lugar seguro.

Docentes que también tiemblan

A veces se espera que la maestra o el maestro sea fuerte en todo momento. Pero las y los docentes también viven la tragedia. También tienen familia, miedo, cansancio, pérdidas, casas afectadas, dudas y noches sin descanso.

Por eso, hablar de educación en condiciones no previstas implica reconocer la humanidad docente. No se puede pedir acompañamiento emocional a quien no ha sido acompañado. No se puede exigir normalidad pedagógica cuando la vida cotidiana ha sido interrumpida por el dolor.

El docente en una emergencia no necesita discursos de exigencia, sino redes de apoyo. Necesita orientación clara, acompañamiento institucional, espacios de escucha, flexibilidad y reconocimiento. También necesita saber que no está solo.

La educación se sostiene mejor cuando quienes enseñan también son cuidados.

Aprender en medio de la incertidumbre

La emergencia sísmica nos recuerda que educar no siempre ocurre en el aula tradicional. Puede ocurrir en un patio, en un refugio, bajo una sombra, en una comunidad organizada, en una conversación familiar, en una actividad breve, en una lectura compartida o en una dinámica de contención.

En condiciones no previstas, el currículo necesita respirar. Esto no significa abandonar la enseñanza, sino comprender que hay momentos donde el primer aprendizaje necesario es recuperar la confianza.

La escuela puede ayudar a organizar rutinas sencillas: saludar, escuchar, escribir lo vivido, dibujar, leer, conversar, cantar, orar para quien lo desee, respirar, explicar medidas de prevención, reconocer emociones, compartir información segura y reconstruir poco a poco la sensación de comunidad.

La continuidad educativa no debe confundirse con presión académica. Continuar educando no es actuar como si nada hubiera pasado. Es reconocer lo ocurrido y, desde allí, seguir acompañando la vida.

El valor pedagógico de la palabra

Después de una tragedia, la palabra tiene un poder inmenso. Una palabra puede calmar o puede aumentar el miedo. Puede orientar o confundir. Puede unir o dividir.

Por eso, la escuela tiene una responsabilidad especial frente a los rumores, las noticias falsas y la circulación de mensajes alarmistas. Educar también es enseñar a verificar, a escuchar fuentes confiables, a no compartir información dudosa y a proteger emocionalmente a quienes están más afectados.

En este sentido, todas las áreas del conocimiento pueden aportar. La lectura puede ayudar a expresar lo que se siente. La escritura puede convertirse en memoria. Las ciencias pueden explicar qué es un sismo y cómo actuar ante réplicas. La educación ciudadana puede fortalecer la solidaridad. El arte puede sanar. Y la enseñanza de idiomas, incluyendo el inglés, puede abrir acceso a información internacional, vocabulario de emergencia, comunicación solidaria y comprensión de orientaciones globales de prevención.

Cada disciplina, si se enseña con humanidad, puede contribuir a la reconstrucción.

La escuela como espacio de reconstrucción

Reconstruir no es solo levantar paredes. Reconstruir también es recuperar la confianza, reorganizar la convivencia, cuidar la memoria de quienes ya no están, acompañar a quienes perdieron mucho y volver a creer que el futuro todavía puede ser distinto.

La escuela tiene un papel fundamental en esa reconstrucción simbólica y comunitaria.

Cuando una escuela abre un espacio de escucha, reconstruye.
Cuando una maestra abraza con respeto el dolor de sus estudiantes, reconstruye.
Cuando un docente flexibiliza una evaluación porque comprende el momento, reconstruye.
Cuando un grupo escribe cartas de ánimo para otra comunidad, reconstruye.
Cuando una clase conversa sobre prevención, solidaridad y cuidado, reconstruye.
Cuando una institución evita la indiferencia y el olvido, también reconstruye.

La educación puede ser una de las primeras formas de volver a levantar la vida.

Evaluar después del dolor

Una de las preguntas más delicadas es qué hacer con la evaluación. En tiempos de emergencia, evaluar no puede significar presionar, castigar o medir como si la realidad no hubiera cambiado.

La evaluación debe ser flexible, formativa y profundamente humana. Debe considerar las condiciones emocionales, familiares, materiales y comunitarias de las y los estudiantes.

Quizás en estos días evaluar sea escuchar un relato, valorar una participación, acompañar una producción sencilla, reconocer un esfuerzo, permitir una entrega posterior, adaptar una actividad o sustituir una prueba por una experiencia reflexiva.

La justicia educativa no consiste en exigir lo mismo a todos cuando las condiciones son desiguales. Consiste en cuidar el derecho a aprender sin desconocer el dolor que atraviesa a cada persona.

Educar para la prevención y la vida

Toda emergencia deja una pregunta pedagógica: ¿qué necesitamos aprender para cuidar mejor la vida?

Los terremotos nos recuerdan la importancia de la educación para la prevención, la gestión del riesgo, la organización comunitaria, la comunicación responsable y la cultura del cuidado.

Las escuelas necesitan protocolos claros, simulacros, rutas de evacuación, información accesible, docentes orientados, estudiantes preparados y comunidades articuladas. Pero también necesitan una pedagogía que no eduque desde el miedo, sino desde la responsabilidad.

Prepararse no es vivir asustados. Prepararse es saber qué hacer para protegernos mejor.

Del dolor a la esperanza

La esperanza no niega el dolor. No lo maquilla. No lo minimiza. La esperanza verdadera nace cuando una comunidad, aun herida, decide no rendirse.

En Venezuela, muchas escuelas han sabido enseñar en medio de dificultades. Han enseñado con pocos recursos, en tiempos de crisis, de migración, de pandemia, de incertidumbre y ahora también frente a la emergencia sísmica. Esa historia no debe romantizarse, porque ninguna carencia debe celebrarse. Pero sí debe reconocerse la dignidad de quienes han sostenido la educación con amor, creatividad y compromiso.

El futuro diferente y mejor que soñamos no llegará solo. Habrá que construirlo. Y la escuela, con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los lugares donde ese futuro puede comenzar a imaginarse.

Preguntas para nuestras comunidades educativas

A partir de esta realidad, vale la pena preguntarnos:

  1. ¿Cómo acompañamos emocionalmente a nuestras y nuestros estudiantes después de una emergencia?

  2. ¿Qué contenidos deben flexibilizarse para responder al momento que vive la comunidad?

  3. ¿Cómo podemos evitar que la continuidad educativa se convierta en presión académica?

  4. ¿Qué actividades pueden ayudar a expresar el miedo, la pérdida y la esperanza?

  5. ¿Cómo enseñamos prevención sin generar pánico?

  6. ¿Qué papel puede cumplir la enseñanza del inglés en situaciones de emergencia?

  7. ¿Cómo cuidamos también a las y los docentes?

  8. ¿Qué aprendizajes comunitarios deja esta experiencia dolorosa?

  9. ¿Cómo reconstruimos la escuela como espacio de confianza?

  10. ¿Qué futuro educativo queremos levantar después del temblor?

Reflexión final

A diecinueve días de los terremotos que sacudieron a Venezuela, la educación está llamada a responder con humanidad. No con prisa vacía. No con indiferencia. No con exigencias desconectadas del dolor. La respuesta educativa debe nacer del cuidado, de la escucha, de la flexibilidad y de la esperanza.

La escuela no puede borrar lo ocurrido. Pero puede ayudar a que el miedo no tenga la última palabra.

Puede enseñar a cuidarnos.
Puede enseñar a reconstruir.
Puede enseñar a mirar al otro con compasión.
Puede enseñar a nombrar el dolor sin quedar atrapados en él.
Puede enseñar que, aun cuando la tierra tiembla, la solidaridad puede sostenernos.

Desde Somos UNEM Inglés, expresamos nuestra cercanía con las familias, comunidades educativas, docentes, estudiantes y colectivos pedagógicos afectados por esta tragedia. Que la educación siga siendo refugio, palabra amorosa y camino de reconstrucción.

Porque después del temblor, también se educa.
Y educar, en medio del dolor, puede ser una forma profunda de esperanza.

Nota editorial

Esta reflexión no pretende sustituir orientaciones oficiales de protección civil, salud mental, infraestructura o gestión del riesgo. Su propósito es aportar una mirada pedagógica, humana y solidaria sobre los procesos educativos en condiciones no previstas, desde el respeto a las comunidades afectadas y a la memoria de quienes sufren las consecuencias de esta tragedia.

Enseñar inglés en tiempos difíciles

En una situación de emergencia, puede parecer que enseñar inglés pierde prioridad. Sin embargo, la enseñanza de una lengua también puede adaptarse para responder al momento histórico y emocional que vive la comunidad.

No se trata de continuar como si nada hubiera ocurrido. Se trata de contextualizar el aprendizaje.

Una clase de inglés después de un evento traumático puede trabajar vocabulario vinculado con la seguridad, la solidaridad, la familia, la ayuda, las emociones, la prevención y la comunidad. Puede incluir frases sencillas como:

How are you feeling today?
We are here together.
Stay calm.
Help your community.
We can rebuild.
Hope is still alive.

Estas expresiones no son simples frases. Pueden convertirse en pequeñas formas de cuidado, comunicación y acompañamiento.

El inglés, en este contexto, no debe enseñarse como una lengua distante de la realidad. Puede enseñarse como herramienta para nombrar el mundo, expresar emociones, comprender mensajes, acceder a orientaciones y participar en redes más amplias de solidaridad.

 
 

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