Autor: Prof. Dr. Iván Enrique Lezama Cova
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Las emergencias no afectan a todas las personas de la misma manera. Aunque un terremoto, una inundación, una crisis sanitaria o cualquier situación inesperada pueda sentirse como una experiencia colectiva, sus consecuencias se viven de forma distinta según la edad, el género, las condiciones materiales, la discapacidad, el territorio, la responsabilidad familiar, la situación económica, la historia personal y las redes de apoyo disponibles.
Por eso, hablar de educación en contextos de emergencia exige ir más allá de la idea general de “volver a la normalidad”. En muchos casos, esa normalidad ya era desigual antes de la emergencia. Lo que la crisis hace es mostrar con más fuerza las diferencias que ya existían.
Desde esta mirada, la pedagogía del cuidado no puede limitarse a una expresión afectiva o a una buena intención. Debe convertirse en una forma ética, pedagógica y social de mirar la escuela, el currículo, la evaluación, la convivencia y la vida de quienes enseñan y aprenden.
Cuidar, en educación, no es solo proteger. También es reconocer. Escuchar. Acompañar. Flexibilizar. Comprender las diferencias. Evitar nuevas heridas. Y construir condiciones más justas para que todas y todos puedan aprender, incluso cuando la vida ha sido golpeada por lo imprevisto.
La emergencia no borra las desigualdades
En una situación de emergencia, la escuela enfrenta múltiples preguntas: ¿cómo continuar enseñando?, ¿cómo proteger a las y los estudiantes?, ¿cómo reorganizar la vida escolar?, ¿cómo acompañar emocionalmente?, ¿cómo evaluar?, ¿cómo recuperar la confianza?
Pero junto a esas preguntas aparece otra, igualmente necesaria:
¿A quiénes afecta más la emergencia y por qué?
No todas las familias tienen las mismas condiciones para responder a una crisis. Algunas cuentan con vivienda segura, conectividad, transporte, redes familiares y apoyo emocional. Otras enfrentan pérdidas materiales, desplazamiento, miedo, inseguridad, problemas de salud, falta de recursos o responsabilidades de cuidado que se multiplican.
Por eso, una pedagogía del cuidado debe evitar respuestas uniformes para realidades desiguales. No se puede exigir lo mismo a quien vive condiciones diferentes. No se puede evaluar con la misma rigidez a quien está atravesando una pérdida. No se puede hablar de continuidad educativa sin preguntarse antes por las condiciones reales de esa continuidad.
La emergencia no borra las desigualdades. Las revela. Y la educación tiene la responsabilidad de mirarlas con sensibilidad y justicia.
Género y cuidado en la vida escolar
Incorporar la perspectiva de género en contextos educativos de emergencia no significa añadir un tema externo al currículo. Significa reconocer que las responsabilidades, los miedos, las cargas emocionales y las posibilidades de participación pueden distribuirse de manera desigual entre niñas, niños, adolescentes, madres, padres, representantes, maestras, maestros y comunidades.
En muchas situaciones de crisis, las mujeres suelen asumir mayores responsabilidades de cuidado familiar y comunitario. Las docentes, además de sostener su trabajo pedagógico, pueden estar cuidando hijas, hijos, personas mayores, familiares enfermos o comunidades afectadas. Las niñas y adolescentes también pueden verse expuestas a mayores cargas domésticas, interrupciones educativas o situaciones de vulnerabilidad.
Esto no debe abordarse desde la victimización, sino desde el reconocimiento de condiciones reales. Una escuela sensible al género observa quiénes están faltando, quiénes han dejado de participar, quiénes cargan con más responsabilidades, quiénes necesitan apoyo adicional y qué barreras impiden su continuidad educativa.
La pedagogía del cuidado pregunta:
¿Quién cuida a quienes cuidan?
¿Qué estudiantes están quedando en silencio?
¿Qué docentes están sosteniendo procesos mientras también atraviesan dolor?
¿Qué condiciones deben modificarse para que nadie quede atrás?
Pensar el género desde el cuidado es reconocer que la educación también debe aliviar cargas injustas, abrir espacios de escucha y construir formas más humanas de acompañamiento.
Interseccionalidad: mirar las diferencias dentro de las diferencias
La interseccionalidad nos ayuda a comprender que las desigualdades no actúan de forma aislada. Una persona no vive únicamente desde su edad, su género, su territorio, su condición económica o su situación familiar. Todas esas dimensiones pueden cruzarse y producir experiencias distintas de vulnerabilidad o resistencia.
Una niña que vive en una comunidad afectada, con poca conectividad y responsabilidades familiares, no enfrenta la emergencia de la misma manera que un estudiante con vivienda segura, acompañamiento adulto y recursos disponibles. Un docente que perdió parte de su vivienda no vive la continuidad pedagógica igual que otro que cuenta con condiciones estables. Una familia con una persona con discapacidad puede requerir apoyos distintos a los de otras familias.
Por eso, la escuela necesita aprender a mirar las diferencias dentro de las diferencias.
La interseccionalidad no es un concepto abstracto. En la práctica educativa significa preguntarse:
- ¿Quiénes tienen menos acceso a información confiable?
- ¿Quiénes tienen más dificultad para trasladarse?
- ¿Quiénes necesitan apoyo emocional específico?
- ¿Quiénes tienen responsabilidades de cuidado en casa?
- ¿Quiénes requieren adaptaciones para continuar aprendiendo?
- ¿Quiénes han perdido materiales, vivienda, rutinas o redes de apoyo?
Cuando la escuela se hace estas preguntas, comienza a construir una respuesta educativa más justa.
Cuidar también es flexibilizar
Una pedagogía del cuidado exige flexibilidad. No como improvisación desordenada, sino como respuesta ética ante una realidad que cambió.
Flexibilizar puede significar ajustar tiempos, reducir cargas, reorganizar actividades, sustituir evaluaciones, priorizar contenidos esenciales, escuchar antes de exigir, permitir otras formas de participación y reconocer que el aprendizaje también ocurre en la reconstrucción de la vida.
En tiempos de emergencia, la rigidez puede convertirse en una forma de violencia pedagógica. Exigir normalidad cuando la comunidad está herida puede profundizar el daño. Por eso, la flexibilidad no debe entenderse como debilidad institucional, sino como inteligencia pedagógica.
La pregunta no es cómo mantener todo igual. La pregunta es qué necesita cambiar para que la educación siga siendo posible sin desconocer el dolor.
El currículo también debe aprender a cuidar
El currículo no puede permanecer indiferente ante una emergencia. Cuando la realidad golpea, el currículo debe abrir espacio para nombrar, comprender, acompañar y reconstruir.
Esto no significa abandonar los contenidos. Significa contextualizarlos.
- La lectura puede convertirse en espacio de expresión.
- La escritura puede ayudar a elaborar memoria.
- Las ciencias pueden explicar fenómenos naturales y prevención.
- La educación ciudadana puede fortalecer solidaridad y organización comunitaria.
- El arte puede ayudar a expresar emociones.
- La enseñanza de idiomas puede abrir vocabulario para el cuidado, la ayuda, la comunicación y la esperanza.
Un currículo que cuida no es menos riguroso. Es más humano. Reconoce que los contenidos tienen sentido cuando dialogan con la vida.
La evaluación desde una mirada interseccional
Evaluar en contextos de emergencia exige especial cuidado. No todas y todos los estudiantes llegan al proceso evaluativo con las mismas condiciones emocionales, familiares, materiales o territoriales.
Una evaluación sensible no renuncia al aprendizaje, pero evita convertir la emergencia en castigo académico. Reconoce esfuerzos, procesos, participación, creatividad, colaboración y reconstrucción de rutinas.
Desde una mirada interseccional, evaluar implica preguntarse:
- ¿Qué condiciones tiene esta o este estudiante para responder?
- ¿Qué ha vivido en estos días?
- ¿Qué apoyos necesita?
- ¿Qué forma de evaluación sería más justa?
- ¿Qué evidencia de aprendizaje puede valorarse sin aumentar su carga emocional?
En algunos casos, una conversación, una producción breve, un dibujo, una reflexión escrita, una actividad colectiva o una participación oral pueden decir más que una prueba rígida.
La evaluación debe cuidar el derecho a aprender, no convertir el dolor en desventaja.
Docentes: sujetos de cuidado, no solo responsables de cuidar
En las emergencias, muchas veces se coloca sobre las y los docentes la responsabilidad de sostener la escuela, acompañar emocionalmente, reorganizar contenidos, escuchar a estudiantes, orientar familias y mantener la continuidad educativa.
Pero las y los docentes también necesitan cuidado.
Una pedagogía del cuidado no puede pedir humanidad a quienes son tratados como si no la necesitaran. La maestra y el maestro también sienten miedo, cansancio, incertidumbre y dolor. También pueden tener pérdidas, familiares afectados, dificultades materiales y emociones difíciles de procesar.
Cuidar a las y los docentes implica ofrecer orientación, apoyo institucional, espacios de escucha, criterios flexibles, acompañamiento entre pares y reconocimiento real de su trabajo.
La escuela se sostiene mejor cuando quienes educan no son abandonados.
El cuidado como justicia educativa
Cuidar no es solo consolar. Cuidar también es hacer justicia.
Cuando una escuela identifica quiénes están más afectados, quiénes necesitan más apoyo, quiénes están quedando fuera, quiénes requieren adaptaciones y quiénes cargan con mayores responsabilidades, está haciendo algo más que acompañar: está defendiendo el derecho a la educación.
La pedagogía del cuidado, mirada desde el género y la interseccionalidad, nos recuerda que la igualdad no consiste en tratar a todas las personas exactamente igual. Consiste en reconocer las diferencias para construir condiciones más justas.
En tiempos de emergencia, esta mirada se vuelve indispensable.
Preguntas para pensar nuestras prácticas
A partir de esta reflexión, las comunidades educativas pueden preguntarse:
¿Quiénes han sido más afectados por la emergencia en nuestra comunidad escolar?¿Qué estudiantes necesitan apoyos diferenciados para continuar aprendiendo?
¿Qué cargas de cuidado están asumiendo niñas, adolescentes, madres, docentes u otras personas de la comunidad?
¿Cómo estamos cuidando emocionalmente a quienes enseñan?
¿Qué formas de evaluación pueden ser más justas en este momento?
¿Qué contenidos deben priorizarse y cuáles pueden esperar?
¿Cómo evitar que la continuidad educativa aumente las desigualdades?
¿Qué voces no estamos escuchando?
¿Cómo integrar la prevención, la solidaridad y la memoria en el currículo?
¿Qué escuela queremos reconstruir después de la emergencia?
Reflexión final
Las emergencias nos obligan a mirar la educación desde otro lugar. Nos recuerdan que enseñar no es solo desarrollar contenidos, cumplir planificaciones o aplicar evaluaciones. Enseñar también es cuidar la vida.
Una pedagogía del cuidado, enriquecida por la perspectiva de género y la interseccionalidad, nos ayuda a comprender que cada estudiante, cada docente y cada familia vive la emergencia desde condiciones distintas. Por eso, la respuesta educativa debe ser sensible, flexible, humana y justa.
La escuela no puede resolverlo todo. Pero puede acompañar. Puede escuchar. Puede proteger. Puede reconocer desigualdades. Puede evitar nuevas heridas. Puede sembrar confianza. Puede reconstruir esperanza.
Desde Somos UNEM Inglés, asumimos esta reflexión como una invitación a seguir pensando la educación venezolana desde el cuidado, la dignidad y la justicia educativa. Porque después de una emergencia, no basta con volver a enseñar. También necesitamos aprender a cuidar mejor.
Nota editorial
Esta publicación forma parte de la serie “Educación, cuidado y esperanza en tiempos de emergencia”, impulsada desde Somos UNEM Inglés como espacio de reflexión pedagógica, humana y solidaria ante situaciones no previstas que afectan los procesos educativos.
Aunque el blog está vinculado al Área de Lenguas Extranjeras Inglés, esta línea editorial reconoce que la enseñanza de una lengua también forma parte de una realidad educativa más amplia, donde el cuidado, la equidad, la comunicación, la identidad y la esperanza son dimensiones fundamentales de la formación humana.

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